“Debemos reconectar con el entorno natural, que es una fuente constante de preguntas, retos y soluciones; es el punto de partida y el método”
Marlén López es doctora en Arquitectura, investigadora y divulgadora. Ha charlado con LA CUENCA DEL NALÓN sobre aprender a observar y conectar con la naturaleza

Ladines (Sobrescobio), 4 de febrero 2026.
Ha dicho que en Ladines, con sus abuelos, aprendió a amar la naturaleza. ¿Qué generó ese “feeling”?
Mis abuelos fueron para mí como unos segundos padres, y Ladines fue mi refugio durante toda la infancia. Viví etapas muy importantes que dejaron una huella profunda en mi manera de entender la vida. Tanto fue así que, muchos años después, decidí volver y elegir este lugar para criar a mis hijos, con el deseo de que ellos también pudieran crecer como niños silvestres, en contacto cotidiano con la naturaleza.
Sin saberlo entonces, en aquellos años tempranos fui desarrollando una conexión muy profunda con el entorno natural y con los ciclos de la vida en cada época del año. Aprendí a observar, a escuchar y a disfrutar la montaña desde el respeto y la admiración, entendiendo que la naturaleza no es solo un paisaje, sino un sistema vivo del que formamos parte.
Usted es doctora cum laude en arquitectura y esta disciplina evoca a elementos urbanos (edificios, ladrillos, hormigón…); que su hábitat idílico sea natural ¿es una paradoja?
Durante mis estudios de doctorado desarrollé una investigación centrada en las adaptaciones de las plantas a los distintos climas europeos, con el objetivo de trasladar esa inspiración desde la biología a los sistemas constructivos arquitectónicos. Al final, una planta y un edificio comparten una condición esencial: ambos permanecen fijos en un lugar concreto y deben enfrentarse, de forma continua, a las hostilidades climáticas y ambientales, al tiempo que gestionan las características propias de cada territorio.
Por eso no lo vivo como una paradoja, sino más bien como todo lo contrario. Creo que sería muy positivo volver a entender que formamos parte de los ecosistemas naturales y asumir que nuestras ciudades no deberían funcionar de espaldas a ellos.
Entre sus actividades profesionales está la de la investigación, el diseño y la divulgación. ¿Es más complicado “encontrar” y “crear” o enseñar y explicar lo que se “encuentra” o se “crea”?
Para mí no son actividades separadas ni comparables en términos de dificultad, porque forman parte de un mismo proceso. Investigar y diseñar implican observar, formular preguntas, equivocarse y volver a intentar; divulgar y enseñar, en cambio, requieren hacer consciente todo ese recorrido y traducirlo para que otros puedan habitarlo también.

Crear o investigar es, en muchos casos, un proceso íntimo, lleno de intuiciones y de tiempos no lineales. Enseñar y divulgar exige un esfuerzo distinto: ordenar el pensamiento, encontrar el lenguaje adecuado y desprenderse de cierta complejidad sin traicionar el fondo.
Uno de mis grandes aprendizajes como divulgadora llegó al empezar a trabajar con niños y niñas. Su manera de preguntar, sin filtros ni prejuicios, te obliga a ir al grano y a revisar lo que das por sentado.
El objetivo del programa “Escuela de Biodiseño”, que dirige, es fomentar la reconexión de familias y educadores con la naturaleza. ¿Cómo se hace eso?
La reconexión empieza, sobre todo, por los niños y niñas, que son quienes van a imaginar, inventar y construir el futuro. Buscamos cambiar la mirada y el foco de atención: aprender a observar el entorno natural como una fuente constante de preguntas, retos y soluciones. Trabajamos desde el pensamiento crítico, animando a preguntarse el porqué y el para qué de las cosas, a cuestionar lo que damos por hecho y a enfrentarse a los desafíos de forma ingeniosa y creativa. La naturaleza es el punto de partida, pero también el método: el asombro, la curiosidad y el entusiasmo por descubrir por uno mismo son motores de aprendizaje muy potentes.
Uno de sus libros es “Manual de Bioinspiración”. ¿Qué la bioinspira a usted?
Me considero una persona muy inquieta intelectualmente, que recorre el mundo con los ojos bien abiertos. Me inspira casi todo: un libro, una canción, una película, un paseo por la ciudad, por el bosque o por la playa, e incluso una frase de mis hijos. La inspiración no se busca, se encuentra en los detalles de cada día. Hace poco, caminando por el centro de Oviedo, descubrí unos patrones de semillas voladoras impresos en el suelo de hormigón de la acera, y no podía creerme tal belleza espontánea. Me agaché y fue un momento mágico; ojalá siempre lleváramos esa predisposición para encontrar belleza en cualquier lugar.
Su otro libro se llama “Edificios como árboles, ciudades como bosques”. Siguiendo con su metáfora, ¿cómo es su árbol (edificio) idóneo? ¿Cuál es su bosque (ciudad) favorito?
Mis bosques favoritos son los hayedos y el paisaje de mi querido Parque de Redes. Me siento muy afortunada de vivir en un lugar como este y poder disfrutar de tanta belleza cambiante a lo largo del año.
En cuanto a las ciudades, he tenido la oportunidad de vivir en distintos lugares de Europa, con climas, culturas e idiomas muy diferentes. No podría elegir una sola, porque no son comparables, pero mi ciudad ideal sería aquella que prioriza la calidad de vida de las personas, con espacios que fomenten la comunidad y la conexión, que invite a vivir más de manera colectiva que individual.
Ha dicho que el término “sostenible” está saturado. ¿Cómo definiría usted este adjetivo y qué pautas daría para llevarlo a cabo?
Según la RAE, la sostenibilidad se refiere a la capacidad de satisfacer las necesidades presentes sin comprometer las de las futuras generaciones. Pero más allá de la definición formal, para mí este concepto implica una forma de pensar y actuar que integra lo ambiental, lo social y lo económico de manera equilibrada.
Llevarlo a cabo requiere pautas concretas: elegir materiales responsables, minimizar residuos y consumo energético, diseñar procesos circulares y regenerativos, y poner siempre a las personas y los ecosistemas en el centro de la toma de decisiones. Además, es fundamental cuestionar nuestras prácticas habituales.

En el caso del diseño, doy clases a estudiantes de Arquitectura sobre cómo aplicar estrategias de sostenibilidad en los procesos constructivos. Me gusta insistir en que la sostenibilidad va mucho más allá de la eficiencia energética. De esta manera, no se trata solo de reducir impactos inmediatos, sino de diseñar pensando en todo el ciclo de vida y en cómo los edificios y las ciudades interactúan con las personas y con los ecosistemas a largo plazo.
También ha aludido a la necesidad de enfrentarse al creciente trastorno por déficit de naturaleza. ¿Cuál es el antídoto?
El antídoto es salir y disfrutar más del entorno natural, reconectar con él de manera libre, sin que todo esté absolutamente programado, mercantilizado o enlatado. En Asturias somos privilegiados: contamos con montañas, bosques, ríos y playas. Como señala Richard Louv en su libro “Vitamina N”, pasar tiempo en la naturaleza aporta beneficios físicos y psicológicos: reduce estrés, ansiedad y depresión, refuerza la salud y estimula la creatividad, y nos ayuda a paliar el llamado “trastorno por déficit de naturaleza”, cada vez más evidente en niños y jóvenes por la hiperestimulación tecnológica y la vida urbana.
La docencia es otro de sus “campos”. ¿Ayuda el estudio de las ciencias, a nivel infantil y juvenil, a enamorarse y respetar la naturaleza como debiera?
El amor y el cuidado por el medio natural son, en mi experiencia, una consecuencia directa de este tipo de metodologías de aprendizaje. Como ya señalaba la bióloga Rachel Carson en su obra “El sentido del asombro”, cuando conoces y admiras profundamente algo, solo por ello surge un deseo natural de protegerlo.
