Atlas de Geografía Minera: Pisar las calles nuevamente
Aitana Castaño/Alfonso Zapico. Langreo 02 de febrero 2026.
El 28 de mayo de 1977 el campo del Ganzábal vivió una jornada histórica, y nada tuvo que ver con lo deportivo. Ese día la primavera y miles de personas recibieron en todo su esplendor a Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, en el estadio de fútbol langreano. Hacía tan solo 15 días que la líder del Partido Comunista de España había vuelto de su exilio de 36 largos años. Faltaban 18 días para que las primeras elecciones generales en demasiadas décadas la eligieran diputada por Asturias. Por eso estaba allí, para saludar a su “familia” minera. El discurso de La Pasionaria duró 9 minutos y sumó o 15 o 17 interrupciones (depende de las crónicas que leas de ese día). En una de las fotos más famosas de esa jornada se la ve a ella caminando por el terreno de juego y escoltada por dos hombres: a su derecha Horacio Fernández Inguanzo, “El Paisano”, y a su izquierda Vicente Gutiérrez Solís, máximo responsable del PCE en Langreo y encargado de abrir el acto. En esa foto está basado el dibujo que acompaña a este texto y que realiza mi amigu Alfonso, que cuando le comenté de lo que iba a escribir me dijo: “No tenía pruebas pero tampoco dudas”.
Vicentón, o Vicente el de La Casona, como se le conocía por aquellos años y muchos después, fue hasta el último sábado del pasado mes de enero la memoria viva de muchas cosas en la cuenca minera: la lucha en la clandestinidad y el exilio, pero también y seguramente sobre todo fue el maestro que nos enseñó a muchos la importancia de la colectividad. Durante los primeros años de la democracia, y hasta que su enorme cuerpón se lo permitió, la boina que lo caracterizaba se podía ver en cualesquiera reivindicación vecinal. El otro día Mario Antuña, periodista de La Nueva España, escribió en su Facebook: “Hace algunos años, pero no tantos, cuando ya estaba entregado al asociacionismo vecinal local y regional, llegó al periódico. Venía con su humildad habitual a ‘pedir’, como él nos decía, que nos interesáramos por algún asunto que entonces le preocupaba. No recuerdo cuál era, sí que de menor trascendencia. Pero mostraba tal interés y emotividad en su afán por hallar una solución, porque atendieran su reivindicación, que el problema de una calle alcanzaba la trascendencia de la libertad de un país. Recuerdo que me conmovió. Insisto, ningún asunto humano le era ajeno, y mucho menos si se trataba de una injusticia, una desigualdad, una necesidad…”. Y así era, yo no lo podía haber escrito mejor.

Vicentón, para que ahora pidieran el nombre de una calle (espero que alguien tenga a bien concederlo), además de ser un aguerrido líder político y vecinal también fue protagonista de uno de los capítulos más desconocidos de la historia de las cuencas mineras, el de los desterrados del franquismo. Alrededor de unos 120 hombres, entre ellos Gutiérrez Solís, fueron enviados a diferentes pueblos de Castilla bajo la premisa de tener que acudir todos los días al cuartel de la Guardia Civil de la localidad que les había tocado “en suerte” y no volver a Asturias bajo pena de cárcel.
Fue justo después de las huelgonas de los años 60, aquellas que marcaron los primeros pasos del movimiento obrero y que fue en algún momento el único que puso contra las cuerdas a Franco y el que, una vez muerto el dictador, ya lo tenía todo preparado para acabar con algo tan malo como el Caudillo, el régimen que lo sustentaba. Vicente y su boina característica ya no están, ojalá queden entre nosotros las ganas de convertir un problema “menor” en un tema que alcance la trascendencia de la libertad de un país. Porque eso significará que hemos aprendido la principal lección que nos dejó: que se puede luchar por el bien común sin egoísmos ni avaricias, con honradez y toda la generosidad que cabe en un cuerpo gigante que algún día escoltó a La Pasionaria cuando se volvieron a pisar las calles nuevamente.
