“El taller es el sitio de poner una cosa junto a otra y buscar; me gusta trabajar pegado al suelo, como jugando con piedras”

David Martínez Suárez (La Hueria de Carrocera, Asturias, 1984) es licenciado en Bellas Artes y máster en Investigación y Creación en Arte por la Universidad del País Vasco. Ha charlado con LA CUENCA DEL NALÓN sobre su trayectoria, su presente y sus proyectos artísticos actuales.

SMRA. 2 de julio 2026

Haciendo un juego con los nombres de tus proyectos, ¿cuál fue tu “Punto de origen” (obra de la capilla del Museo Barjola) en las Artes Plásticas y digitales?

Después de hacer el bachillerato artístico en La Felguera me fui a Bilbao a la facultad de bellas artes.  Diría que mi práctica comienza con un vídeo de aspecto documental “Nalón” que hice en el año 2007 y a través de entrevistas, canciones y grabaciones de campo recoge una panorámica de la actividad minera en esos momentos. Una especie de retrato-recorrido del Valle. Desde ahí, considero mi trabajo dentro de la escultura como la posición desde la que me enfrento a la práctica mediante el objeto. Pero muy cercano a la imagen y al montaje.

¿Qué parte de inspiración te genera el valle de La Hueria, de dónde eres natural?

Es el lugar donde tengo mi taller, me gusta estar recogido. Poder trabajar en el interior del taller y en el exterior. Tener un monte delante y, ahora con la Y de Bimenes, pues estar debajo de un puente; un espacio donde se podría formar un vertedero no oficial. De hecho, aquí a veces encuentro alguna lata o paquete de cigarros que la gente lanza desde el coche y cae en mi terraza. Me recuerda una película de Jaime Uys “The gods must be crazy” en la que una botella de Coca Cola, tirada desde un avión, cae en el desierto del Kalahari y la recoge una tribu de bosquimanos, siendo el único objeto «moderno» de su mundo, dando lugar a peleas y decidiendo ir al fin del mundo para devolvérsela a los dioses.

Si tuvieras qué salir en “Defensa” (obra en el Valey Centro Cultural) de algo o alguien relacionado con tu profesión, ¿de quién o qué sería?

Creo que salgo en defensa de un tipo de práctica que esté vinculada a la reivindicación del proceso artístico en sí, lo que tiene de particular en el hacer como característica propia de conocimiento y saber. Siento un cierto recelo en los procesos artísticos que van como por series o desde un planteamiento de idea a resultado, me levantan alertas y desconfianza.

¿Ante qué situaciones “respiras hondo” (obra en la Fundación Forcada) antes de hablar o actuar?

Creo que sentir ansiedad o nerviosismo es una confirmación instantánea de lo que me atrae. A veces ves o haces algo que dices: “está en la dirección que quiero”, pero al dejarlo reposar reconoces que no es para tanto. O por el contrario, unas decisiones que has tomado por rutina ves que pasan a ser lo más relevante. En principio, cuando me emociono más de la cuenta con algo, trato de dejarlo reposar para ver si tiene poso o son fuegos artificiales. Como en los efectos especiales de una película que parece que están bien hasta que los vuelves a ver y entonces se aprecia el truco y la trampa.

David Martínez con nuestra redactora Sira García, durante la entrevista.

Recibió el premio LABJoven en 2012, ¿el galardón le hizo emprender otras iniciativas por “Inercia” (nombre del proyecto premiado) o consiguió mantener sus bases en su estado?

Me ofreció la posibilidad de expandir el trabajo en un espacio grande, una exposición donde probar y jugar con el proyecto. Me ayudaron en el montaje Manu Uranga y Javier Soto y en la publicación colaboraron Lorea Alfaro, Edu Hurtado, Sahatsa Jauregi y Raúl Domínguez.  

El nombre del proyecto con el que recibió una de las Becas Leonardo a Investigadores y Creadores Culturales en 2018, “Mente salvaje”, parece toda una declaración de intenciones. ¿Define parte de su personalidad o es “postureo”?

Este proyecto fue un catalizador de formas de trabajar. La beca me permitió colaborar durante un tiempo con el bailarín Angel Zotes y me sirvió para expandir el proceso. La idea de “mente salvaje” se planteaba contrapuesta al pensamiento domesticado, entendiendo salvaje como algo más natural, esencial o primigenio. Una especie de plantilla base del pensamiento, la estructura inicial desde la que articular el lenguaje.

Desde bien joven se fue a estudiar Bellas Artes al País Vasco, ha estado en Austria y en Japón. ¿En cuáles de esos lugares más lejanos a Asturias ha encontrado más “materia prima” para sus obras?

Visto así parece que me gusta viajar, y la verdad que soy más bien lo contrario. Pero sí que cuando me interesa algo trato de ir al sitio para poder palparlo con la experiencia. Y en general, cuando me desplazo a algún sitio, necesito que sea por algo en concreto, no por simple turismo de la visita.

¿Cuáles diría que son los tres materiales clave de sus obras?

Creo que el material principal es el gesto sobre el objeto. La acción del cuerpo en el gesto y de qué manera eso se cruza con la intuición de uno. La imagen como elemento que construye sentido. Me gusta el símil de que puedo encender la cámara de video y prender una cerilla y es el gesto que transforma, como un elemento de entrada de lo visible. Diría que me interesa el montaje no como creación, sino como acumulación: recolectar materiales por su potencia latente. Trabajo desde la urgencia de tenerlo todo ya, como si guardar fuera una forma de preparar el acontecimiento. Pienso el taller como un lugar de reserva, donde las cosas esperan su momento.

Sira y David en el exterior del taller del artista en La Hueria de Carrocera.

 Le interesan los objetos que funcionan como un iceberg. Casualmente, la cuenca del Nalón es territorio minero. Eso quiere decir que el sustento venía de lo que estaba “dentro”, más de lo que estaba “fuera”. ¿Qué potencial le ve al valle del Nalón industrial y artísticamente?

Me interesa esa idea de línea de tierra, de horizonte como parte de arriba y parte de abajo de una superficie. Lo que queda enterrado, excavary que el volumen parece que crece cuando llega a la superficie. Todos esos rellenos de material extraído de la tierra, las escombreras. Esas masas y volúmenes de materiales sólidos como en Aboño en el puerto del Musel. Me gusta esa acumulación de capas y sedimentos materiales, como una cocina en la que por modas se han ido añadiendo baldosas, linóleos, unas sobre otras sin retirar las anteriores.

Piensa que el taller es un lugar de reserva, donde las cosas esperan su momento. ¿Cuánto ha llegado a esperar para que lleguen las “musas”?

Pienso que el taller es el sitio de acumular, de poner una cosa junto a otra y buscar, encontrar, repetir y descartar. Normalmente me gusta trabajar de forma continua y directa, tomando decisiones sobre lo que tengo entre manos. Me gusta trabajar pegado al suelo, como jugando con piedras.

¿En qué proyectos está inmerso ahora y cuáles van cogiendo forma en el taller?

Ahora mismo me estoy volviendo a relacionar con el dibujo, construyendo una idea de cómic, desde la narración y la imagen.

Siempre me gustó la textura de la fotocopiadora, tengo una impresora láser por la que me gusta pasar los dibujos y que cojan esa textura de copia sobre copia, tipo papel carbón.