S de sanatorio

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Pablo llamó a la puerta de casa de María temblando de frío a pesar de ir tapado con una bufanda de lana que le había hecho su madre y que le daba cinco vueltas al cuello. Tenía la nariz roja y mocosa. María estaba preparada.
-Mamá, ¡vengo ahora! –gritó la pequeña.
-Ni se te ocurra volver pingando… -respondió Elvira, su madre, al aire porque la niña no llegó a escuchar el final de la frase.
La nieve había caído en la barriada hacía ya dos días y no se iba. El tráfico había colapsado y los colegios estaban cerrados.  Pablo, María y el resto de niños habían hecho, disfrazado, derrumbado y aniquilado a cientos de muñecos de nieve ya. Y cuando se cansaron de ellos, empezaron a deslizarse ladera abajo sobre plásticos hasta agarrar varias pingaduras por día.
-María, hija mia, es que no me para más la cocina de carbón más. No da tiempo a secarte la ropa. Además, ¿no estás mayor ya para andar tirándote por la nieve? –le decía Elvira a María.
-Anda mamá, si en el fondo te encantaría tirarte también… -respondía la niña. Y Elvira asentía con el silencio.
El día que Pablo fue a buscar a María envuelto en una bufanda de lana de cinco vueltas al cuello la pingadura llegó antes de lo previsto. Cuando salían del portal de casa, un camión cruzó la carretera y su salpicadura, compuesta de una amalgama indecente de polvo negro y nieve blanca, los caló de arriba abajo.
-Pablo, no puedo volver a casa. Hace dos minutos que salí y mira…
Pablo miró al final de la calle y después a su amiga que, efectivamente, parecía una sardina en lata.
-Vamos a ver a mi güelu.
Cisco, el abuelo de Pablo, ayudaba durante los peores días el invierno al encargado de las calderas del Sanatorio Adaro. Manolín, un hombre pequeño de ojos claros con el que Cisco compartía amistad desde guajes.
María y Pablo corrieron calle abajo. En la puerta del Sanatorio saludaron a Marcos el vigilante y entraron en las calderas como una exhalación helada. El calor de aquel cuarto donde Cisco y Manolín paleaban cok a las estufas, los alivió. Y Manolín, que guardaba en la ventana una caja de sidra, les sacó a ellos una Mirinda.
-Güelu, ¿podemos ir a verlos?
-Sí, pero no deis guerra.
Sin entender mucho María siguió a Pablo hacia una puerta del fondo. Al abrirse, ante ellos apareció un pasillo de paredes y suelos grises iluminado tan solo por la luz naranja de las farolas de la calle. Los niños subieron las escaleras de mármol al segundo piso.
-¿Pero dónde vamos, Pablo?
-¿No ves que el otro día hubo un accidente en el Pozu con cinco que se quemaron? Pues mi güelu ya me dijo en qué habitación están. Vamos a verlos.
María ahogó un resoplido y siguió a su amigo por el pasillo sin decir nada. Se escuchaba el silencio artificial que da la nieve y algún  lamento que salía de las habitaciones por las que iban pasando. Hasta que él paró en seco.
-¡Es aquí!
Pablo abrió las dos hojas de la puerta y María no lo pudo evitar:
-Uf….


A ambos lados de la  habitación había dos camas y de frente una. Las cinco estaban ocupadas por cinco hombres completamente vendados. Uno de ellos además tenía una pierna en cabestrillo. Fue ése el que al hablar asustó a los niños.
-A guajes… ¡fuera de aquí! A ver si os van a comer las momias de Tutankamón… -gritó. El resto de grupo de mineros malheridos comenzaron a reírse y quejarse a la vez del dolor provocado por las risas. A Pablo y María las piernas no les daban para correr camino de las calderas. Al bajar las escaleras, Pablo tropezó con el último escalón y cayó atajando en el suelo con las manos por delante y a los pies de un hombre alto y delgado de bata blanca.
-¡Mierda!  Me lo he roto–exclamó Pablo que al instante se echó a llorar.
El médico se agachó y cogió el codo dislocado de Pablo. De un golpe maestro que resonó en todo el pasillo lo volvió a colocar en su sitio.
-No está roto. Solo fuera de sitio, ¿ves?
Pablo, aliviado, dejó de llorar y miró al hombre.
-Muchas gracias señor…
-De nada,  ¿eres el nieto de Cisco, verdad? ¿Cómo anda de la pierna? ¿Mejor? –el médico hablaba mientras ayudaba a Pablo a levantarse- Dile de mi parte que  muchas gracias, que los quesos casinos que me mandó hace dos meses estaban exquisitos.

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