N de Nalón

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El bus frenó en seco y a María no le dio tiempo a agarrarse así que literalmente voló por todo el pasillo. En su camino al desastre intentó agarrarse, sin éxito, a una mochila. El dueño de la bolsa fue, en el último momento, su salvador.
-¡Epa! -dijo el chico al mismo tiempo que impedía que la frente de María impactara, casi seguro, contra el cristal delantero del vehículo donde nadie, salvo Pablo, se reía de la torpeza de la hija de Elvira.
María miró la mano de su salvador y también al suelo lleno de las pertenencias de ambos, esperando a ser recogidas.
-Joder Pablo. -murmuró María.
-No me llamo Pablo, mi nombre es Roberto, pero todos me llaman Sito.
-Perdona, no iba por ti. El tonto de mi amigo que aún se ríe de la hostia que acabo de darme…
-Esto es tuyo… -apuntó Sito tendiéndole una libreta. Ella la cogió sin mirarlo. Le molestaba enormemente haber caído delante de todos. Era el primer día de sol del verano y la barriada al completo se había puesto de acuerdo en coger exactamente ése bus para ir a La Chalana a bañarse al río. Los Estevez con abuela y todo. Las tres primas Alonso y sus míticos bocadillos de carne guisada. Hasta Laura se había apuntado a pesar de la “desazón” que le producía perder el tiempo tomando el sol y escuchando “blasfemias” (porque sí,  Laura decía cosas como “desazón” y “blasfemia” para que los chicos de la barriada añadieran después: “¿Pero la guaja de Zuce, en qué habla?).
María recogió sus cosas. Los bolis, el bocadillo de filete empanado que le había hecho su madre, la baraja de cartas y el libro de El Principito que la profesora de Filosofía les había obligado a leer y que a María le estaba fascinando.
-¿Te gusta El Principito? Es mi libro favorito. Lo tengo en francés y en inglés –le espetó Sito mirándola por encima de las gafas.
Al escucharle, María reparó por primera vez en él. Era muy alto, y desgarbado. Lo había visto alguna vez en el instituto. Era mayor. Y era uno de esos chicos raros que leía por los pasillos a todas horas. María iba a decirle algo pero Romero, el conductor del bus, anunció la parada a voces.
-¡Venga chavales, a vivir la vida!. Tened cuidado con el Nalón que engaña. Aquí casi me morí yo cuando tenía vuestra edad…
Nadie se paró a escuchar la historia de Romero porque, la verdad, se la sabían de memoria. La pre-muerte de Romero en La Chalana era un fantasma al que las abuelas apelaban para meterles el miedo en el cuerpo desde pequeños. “No vayáis al pozo que allí casi se muere Romero”, decían a todas horas. Y siempre alguien añadía: “Nunca sabes las sorpresas que te depara este Nalón”.
Pablo, Laura y María bajaron del bus a la vez que Sito.

LaChalana1
-¿Quieres venir con nosotros? Hay unas piedras planas junto al puente y desde allí podemos lanzarnos.
-Vale–respondió Sito. Y una hora después ya les había demostrado a todos su destreza con los saltos de cabeza en al agua cristalina de aquel Nalón que no se parecía en nada al Nalón negro y sucio que cruzaba la barriada tan solo una decena de kilómetros río abajo.
-¡Menudo fichaje! –decía María.
-Ya te digo… -completaba Pablo.
-Ilusorio… -repetía una y otra vez Laura hasta que Sito dijo: “¿En qué habla esta guaja?”. Todos rieron.
El primer día de calor del verano cumplió con todo lo que se espera de él: Chapuzones y risas. Y hasta demostró que, efectivamente, nunca nadie sabe las sorpresas que trae consigo el río pre-negro.
-Jo, se me ha roto el cassette en el bus –apuntó con tristeza María a media tarde.
Sito abrió su mochila.
-Si quieres puedes escuchar el mío.
María cogió los cascos que le tendía su nuevo amigo. Y pulsó el play. Abrió mucho los ojos cuando escuchó los primeros acordes.
-¿Te gustan los fados? Pero si son mi música favorita.
Y sí, como han comprobado, la sorpresa que el Nalón escondía ese día era eso, un nuevo amigo.

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