Cuencarentena, octubre

-¡Ayyyyyyyy!

  El largo suspiro de Petro resonó en todo el patio de luces de la barriada hasta el punto que asustó a su gata mórbida Listeilor que, del brinco, casi se cae a la calle de la ventana donde, con toda su gordura gatuna, tomaba el sol.  Flor, que hacía la comida con la ventana abierta, puso los ojos en blanco al escuchar el quejido de su vecinay  Joaco, esbillando las alubias de la su huerta a la ventana, emitió un gemido que vino a ser casi lo mismo que el suspiro de Preto pero con un poco más de silicosis. En la calle lucía el sol de un otoño más raro que de costumbre y lo único que parecía ser igual que siempre eran los gritos de los niños en el recreo. Parecían, pero no lo eran.

Porque en ese comienzo de curso en el que se había prohibido el balón en el patio y a los gritos infantiles ya no se sumaban los golpes de la pelota en la pared, lo que eran distintos eran precisamente ellos, los gritos de los niños que sonaban como con sordina. Era el efecto de las mascarillas en las bocas infantiles. El efecto, en realidad, de medio año largo de incertidumbre y miedo que a veces retumbaba en el patio de luces de la barriada.

-¡Ayyyyy!

Flor no pudo más. Se asomó a la ventana.

-Lo que te gusta a ti un drama, Petro. ¿Qué te pasa ahora, ne?

-Ay yo qué sé, Florina. Toy melancólica, serán los vapores de la menopausia. Echo de menos al mi Manolo. ¿Sabes lo que te digo?.

-¿Pero cómo vas a echar de menos al tu Manolo, Petronila, si morrió haz más de treinta años?  ¿Y qué dices de la menopausia si ya no te acuerdas ni de ella?

-¡Qué se yo! Tengo nostalgia de lo que pudo haber sido y no fue. Como Bahar echa de menos a Sarp en la telenovela “Mujer”

-¿Qué decís de la telenovela? ¿Ya empezó?-se oyó decir a Joaco desde el piso de arriba. Flor alzó la vista sin verlo y puso cara de cansancio.

-Tu cállate la boca, Joaquinín, cállate la boca, que tas mejor calláu…

El paisano al oír su nombre se asomó con un cesto lleno de vainas en la mano. Al hacerlo, algunas de ellas cayeron a la calle por delante de las cabezas de las vecinas.

-¡Baja a recogeles, y ponte la mascarilla que te conozco! Tamos en alerta negra.

-Naranja, Florina, naranja. No te pases.

-¡Pa ti ye negra hasta que te lo diga yo! Que tienes los pulmones ya de prestao… Joaquinín.

La frase la escuchó Julia, la joven doctora del ático, la única alquilada de todo el edificio y la más reciente habitante del mismo que llegaba del hospital con cara de cansada-

-¿Está usted bien, don Joaquín?–le preguntó al hombre al verlo salir del portal.

-Tamos en Alerta Negra que lo decretó Adrián Barbón, y si lo dizesi chaval, que ye de Laviana, bien dicho está. Joaquín tien terminantemente prohibidos los bares porque ye población de ultrariesgo, ¿nun ves que tien los pulmones como la mojama?.

Sonriendo, la joven médica respondió:

-No será para tanto Flor.

La vieja miró para su vecino que ya estaba en la calle apañando las alubias que previamente se le habían caído.

-Diyilo tú, Joaquín, diyilo.

-¿El qué?

-Que tienes los pulmones como la mojama.

Agacháu, con les gafes en la punta de la nariz y la mascarilla en el cuello, miró para arriba.

-Así ye. Negros como el carbón, yo creo que respiro pel hígado, no te digo más. Y a  mi si me dicen estes dos –apuntó hacia las ventanas donde estaban sus vecinas-  que la Alerta ye negra, la Alerta ye negra.  Eso sí, toy apuntando toles pintes que tengo sin tomar pabebeles en cuanto se acabe el telar esti.

Flor escuchó con satisfacción al vecín, con cara de “mira qué bien entrenáulu tengo” y después miró el reloj para  acto seguido gritar.

-¡Joaco! Pon bien la mascarilla, rediós. Y hala, ahora pa casa que hay que ver la tele que después, por la tarde, tenemos debate en el rellano!

-¿Debatís sobre las noticias del informativo? –preguntó la joven, casi incrédula. El hombre antes de entrar  en el portal dio la vuelta. -¿Noticies? No, no. Debatimos sobre cosas que importan. Hoy toca: Telenoveles latines versus telenovelas turques. La batalla final.

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