Cuencarentena: Los protocolos

-Pues habrá que preguntailo a la mediquina…

-Ya tamos…¡Vas gastala, rediós! Déjala en paz que esta guaja tendrá otres coses que facer, va a pensar que tamos lloques.
Petro, presidenta de la comunidad de vecinos y Flor, tesorera, discutían a la vez que ascendían por las escaleras hasta el ático. Querían preguntarle a la flamante doctora del último piso la conveniencia, o no,  de invitar a todo el vecindario de la barriada a la playa de Perlora y así cumplir con una tradición ancestral que se remontaba a la comunión de la hija pequeña de Petro en un verano caluroso de hacía 35 años.

-Se pueden aceptar muches coses. Que nos hayan puesto una fociquera, que tengamos que facer cola hasta pa comprai en la Mercería a Manoli hilo negro, que tengamos que echanos el hidrogel padir a mexiar… pero quedanos sin esti domingo en Perlora de celebración vecinal yo lo veo bastante innecesario.

Flor paró en seco y tiroi de la camiseta a su vecina y sin embargo amiga, se apartó la mascarilla y miró al suelo como ubicándose bien. Resopló:

-Para ahí, Petro, que con esti mazcaritu nun veo. Si no me mata el COVID, mátesme tú en estes escaleres de un  trastazu. A ver Petro, que no se pueden crear aglomeraciones. Perlora va a tener que quedar pospuesto. ¿Vas a ser tú más que el Carmín de la Pola?

Petro miró entonces para la mano de su vecina y sin embargo amiga que continuaba agarrándola.

-Tampoco se pué tocar y ahí tas tú, Florina, cortándome las alas de mi libertad y poniendo en peligro mi salud incumpliendo la distancia de seguridad.

Flor soltó la tela de repente y volvió a resoplar más fuerte.

-Pónesme ciática perdida, prenda, ciática perdida… -apuntó mientras le arrebataba a su vecina la carpeta que ésta llevaba bajo el brazo- Al menos déjame explicailo a mi que tu te pones muy  violenta con ciertas cosas.

-Sí, ¿y?- dijo Petro a la vez que aceptaba  porque su amiga tenía razón.

Aunque en realidad solo había dos cosas en la vida que la ponían violenta, lamentablemente una de ellas era la posibilidad de tener que suspender el mayor evento anual que celebraban los vecinos en extramuros (fuera de la barriada) y que tenía a Petro como única y todopoderosa organizadora. (La otra cosa era que los guajes asustaran a su gata “Listeilor” cuando estaba en la ventana).

-Perdón, perdón…¿Celebrar el aniversario de la Primera Comunión de quién en dónde? –preguntó la médica del ático después de escuchar a las dos mujeres durante cinco minutos sin osar interrumpirlas. Le habían enseñado facturas de dos autobuses (en lugar del habitual micro bus) para evitar que los vecinos fueran apiñados en el transporte,  mapas de una playa en los que habían dibujado pequeñas parcelas donde cada núcleo familiar disfrutaría del día y hasta le pusieron delante la circular en la que Petro instaba a todo el mundo a llevar su propia comida

-Para evitar contactos ajenos al susodicho núcleo familiar, ya tu me entiendes, doctora Julia. –había finalizado la mujer con un guiño.

La doctora Julia no se atrevió a decir que en realidad no entendía nada de nada.

-¿De verdad celebráis un aniversario de una Primera Comunión? –preguntó la médica.

-Sí… -respondieron las dos a la vez.

-¿Pero de quién?

-De la pequeña de ésta… – respondió Flor dándole un codazo a su amiga que replicó musitando a regañadientes “La distancia Florina, la distancia” y finalmente añadió:

-Vive en Madrid y haz que no la veo desde Navidades, y vuelve ahora a casa como la hija prodigio que es…

Julia soltó una carcajada pero al ver la cara de seriedad de sus dos vecinas no siguió.

-¿Entonces qué? ¿Cumplimos el protocolo? –preguntaron, de nuevo, a la vez.

-Creo que sí… -afirmó la joven doctora intentando contener la risa.

-Pero si no has visto el dispositivo de seguridad completo…

-Pero lo intuyo.

Al cerrar la puerta después de conseguir tranquilizar a las vecinas Julia sonrió con ganas bajo la mascarilla. Ya se veía a ella misma en una playa parcelada, con un bocadillo en la mano, celebrando una postcomunión como si fuera lo más normal del mundo. Casi acierta de pleno al imaginar la escena. Solo le faltó saber que todo iba a estar acompañado por la discografía completa de Vicente Díaz: “¿Qué tiene esa sidrina que sabe tan bien…?

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