Cuencalendario: Septiembre, de novena

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La primera vez que Pablo y María subieron a la novena de la Virgen del Carbayu tuvieron que convencer a sus respectivas madres de que no se habían vuelto locos. Ellos dos, que eran de los pocos niños de la escuela de la barriada que estaban apuntados a las clases de Ética en lugar de a las de Religión de repente sentían la llamada mística a pie de ermita y claro, sus progenitoras no daban crédito.

-Bueno, bueno, bueno, resulta que llevo media vida discutiendo con la familia  porque tas sin bautizar y porque no hiciste la comunión y resulta que ahora te levantas a las cinco de la mañana para ir a misa…

María escuchó a su madre sin decir nada mientras metía en la mochila el colacao, el termo de leche caliente, un trozo de pan que había sobrado del día anterior, un paquete de galletas, dos cruasanes, las magdalenas que le había hecho María Luisa (la vecina del bajo izquierda y, después os enteraréis, la pieza clave de esta historia), cuatro peras y los bombones que habían sobrado de su cumpleaños.

-¿Pero qué haces María? Vas a vaciar la despensa, hija mía, ni que fueras a la guerra, que vas a una misa… Como sigas así metes hasta la pota de les fabes…. -dijo Elvira no muy convencida aún del arranque religioso de su hija. La guaja frenó en seco.

-¿Tú crees que me cabe la pota de fabes, mama? Porque mira que hay una cuesta bien larga que subir… a ver si voy a quedar sin fuerces ya en la Moquina.

-Sin fuerces vas a dejarme tu a mí con estos ramalazos de religiosidad..

La niña se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla.

-Tú es que no sabes nada, mamá.

-Ya, ya… Yo no sé nada.

María cerró la puerta despacio y bajó de dos en dos los escalones hasta el portal. Allí estaba, en la puerta, la vieja María Luisa.

-¿Lleves les magdalenes?

-Sí, sí.

María Luisa rebuscó entre el bolsillo del mandil y le dio un billete de cinco mil y dos billetes de mil pesetas a María. La pequeña ya sabía lo que tenía que hacer con ellos. Les cinco mil eran pal cura, mil pa ella y mil para comprar velas y ponérselas a la virgen. Y aunque tener en el bolsillo del pantalón tanto dinero la ponía nerviosa, puso gesto de seriedad.

-No te preocupes Luisa, no irás al infierno.

-Ay fillina, no sabes lo que te lo agradezco. Nun tengo les piernes ni pa subir la cuesta al Carbayu ni padir al infiernu, la verdad.

Pablo esperaba a María en la calle, junto al portal con cara de sueño infinito.

-Anda que pegarse estos madrugones tovía de vacaciones, solo para que la tu vecina no vaya al infierno…  Ye muy gordo… -dijo Pablo con gesto de cansancio.

 María hizo una mueca al su amigo de “anda calla y tira” y echó a andar hacia la Torre de La Quintana donde ya empezaron a ver a las primeras peregrinas. Era la primera vez en quince años que entre las mujeres que subían a la novena no estaba María Luisa su vecina. Hacía dos décadas que la vieja había encomendado a la virgen a su hijo Joaquín, el mayor. Fue un verano que éste había estado tonteando con la heroína y fue precisamente el cura Don Cristóbal el que la alertó. El sacerdote se había encontrado al chaval tirado en el portal de la Iglesia uno de esos madrugones de novena y la avisó. María Luisa tomó cartas en el asunto y se llevó al chaval pa casa de su hermana a Cabrales para cortar por lo sano los tonteos. No fue fácil, hubo lágrimas y un enfado que duró años pero Joaco acabó de maestro y María Luisa respirando tranquila. De aquel verano de 1980 en el que el chaval había probado un pico solo quedaba pues la promesa a la Virgen del Carbayu. Y ahora María Luisa, que le fallaba la pierna, no podía subir y tenía miedo acabar en el infierno.

Ya en la pradera junto a la ermita, con los recados hechos y mil pesetas en el bolsillo la cara de cansancio de Pablo había mutado a alegría, sobre todo cuando vio todo lo que María había subido para desayunar. Miró al mantel y a las magdalenas y después a su amiga:

-Oyes, ¿tú crees que si la virgen que todo lo puede sacó de las drogas al fiu de María Luisa, podrá facer que yo apruebe las matemáticas la semana que vien?

María, masticando, respondió: -Tampoco te pases, ho.

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