Cuencalendario: Julio, ¡a la hierba!

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El moreno que se coge yendo a la hierba tarda más en quitarse que el de la playa. Esto es algo que debería saber todo el mundo. Incluidos los que no van a la hierba o no tienen playa. Es algo que debería saber José Antonio, el nieto de Rosario la viuda del chalet de la barriada. El guaje, un repipi de tomo y lomo,vive en Madrid y cada mañana del mes de julio, el mes que veranea en casa de su güela paterna, cuando ve a Pablo y a María pasar por delante de su jardín, camino del prau de Cisco con un garabatu al hombro (él lo llama “rastrillo”) pone la misma cara de extrañeza.

Deja de jugar con sus juguetes (miles de juguetes nuevitos llegadosde todos los rinconesdel mundo que no comparte con nadie según las leyendas que van de boca en boca infantil por todos los bloques de la barriada), corre el final de la finca de su güela, se engancha a la valla y los mira en silencio mientras los nenos, y Cisco, suben despacio hacia el prau donde se realizará la labor campesina del día.  El niño repipi no les quita ojodesde que embocan la cuesta hasta que dan la curva de la calle la Xelá con los garabatos al hombro. Los mira sin pestañear hasta que su abuela lo descubre y le grite un: “José Antonioooooooooo… ¡Ven aquí p´acá”, que resuena en todo el valle.

-Ya táesi ahí… -refunfuña María cada mañana cuando ve a José Antoniooooo enganchado a la valla.

-Bueno, home, qué más te da- responde Pablo.

-¿Este chaval no querrá venir a echar una mano? –concluye Cisco como buen ojeador que es de niños de la barriada que no tienen ni pueblo de veraneo ni campamento en el que gastar el tiempo durante las vacaciones.

Así que dependiendo de a quién le preguntes, la cara de José Antonio mientras los ve subir la cuesta camino del prau es distinta enganchado a la valla y rodeado de juegos nuevitos que no comparte con nadie es distinta.

Para Pablo la mirada es de tristeza.

-Probe, no tiene amigos. Siempre está solo.

Para María de prepotencia.

-¡Esti chaval ye fatu perdíu! ¿Pero qué mira? Ni que fuéramos ET.

Y para Cisco, el capataz de la infancia de la barriada, es una mirada de anhelo por trabajar.

-¿Este chaval no querrá venir a echar una mano?-repite mirándole fijamente mientras muerde una hierba que siempre lleva en la boca desde que dejó de fumar.
Entonces Pablo que ya suda como un gochín sin llegar siquiera al pie de la vara de hierba que cada verano construyen para el ganado de Cisco (dos vacas y, en el mejor de los casos, dos xatos) añade:

-Si, claro, güelu. Seguro que el nieto de Rosario está deseando cambiar la playa a la que lu lleva su güela todo el díapor este gulag veraniego que nos montas todos los años a María y a mi.

-¿Gu qué, ho?-masculla Cisco, que hace dos cursos que se dio por vencido en eso de entender las palabras que dice su nieto al que no le gusta ni la mina, ni las vacas. Al que parece que solo le gusta leer y pintar. El viejo escupe la paja que tiene en la boca y sentencia:

-El moreno que se coge yendo a la hierba tarda más en quitarse que el de la playa. Así que…¡Pa´arriba! –dice mientras apoya la escalera sobre el balagar.

María sube la primera y espera a que Pablo haga lo mismo.

-¿Y eso del gulag mola, Pablín?

-¿A ti qué te paez?

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