Cuencalendario: Diciembre, Santa Bárbara

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El balón primero pegó cuatro botes enormes y después continuó rodando por el patio del colegio hasta que, haciendo un extraño giro por culpa de un desnivel, acabó por colarse en la parte de atrás del edificio a donde ningún guaje iba nunca. Nunca en la vida. Ni bajo extorsión de la mafia siciliana o  lo que era peor, aunque lo obligara con amenazas un niño de Octavo de EGB. Ahí atrás era peligroso ir. Lo sabían todos los guajes de la barriada desde que el mundo era mundo. Se hablaba de jeringuillas sueltas, de monstruos verdes e incluso de que se oían gritos infantiles en la penumbra porque ahí era el lugar en el que, años ha, se castigaba a los niños que no hacían los deberes. Habían desaparecido varios, ylo que era peor, otros habían vuelto de allí convertidos en excelentes estudiantes al servicio de los profesores. Un horror, vamos.

-La ley de la caleya, el que la tira va a por ella.- dijo Pablo mirando a María, autora del punterazo que había hecho pegar cuatro botes enormes al balón primero para después continuar rodando por el patio y tras hacer un extraño giro por culpa del desnivel llegar a ese lugar que nadie se atrevía si quiera a mencionar pero que todo el mundo conocía como “LA PARTE DE ATRÁS”.

-No me jodas… -murmuró María. Y ella, que era una firme defensora de la premisa “la ley de la caleya, el que la tira va a por ella”, no tuvo más remedio que armarse de valor y encarar el camino hacia “LA PARTE DE ATRÁS” para recuperar la pelota que encima era de reglamento. Antes de perderse en el proceloso mundo de la oscuridad, María miró a su amigo Pablo.

-Podíes venir conmigo, cobarde…

-Si ho… -respondió él.

-Bueno, al menos… Si dentro de diez minutos no salgo… ¿Me prometes que vendrás a buscarme?

-Vaaaaale… -dijo Pablo. Y María solo pudo pensar que ese arrastrar tanto la “e” no era bueno. Pero era lo que había. Escupió en la mano y se la tendió a Pablo que hizo lo mismo. Después de sellar el pacto definitivo se fue caminando despacio.

-Ya hace un cuartu de hora que María entró en la parte de atrás Pablo… -apuntó al poco Laura López señalando el reloj de pulsera que su güela le había regalado para la comunión y del que presumía muy chulita desde mayo.

-¿Y? –respondió el guaje intentando disimular su desazón.

-Que le prometiste que…

-¡Que te calles…! -interrumpió Pablo sabiendo que en el fondo Laura tenía razón y que la palabra dada a una amiga y sellada con un escupitajo era imposible de romper, así que se adentró en el infierno.

No le hizo falta mucha valentía porque cuando estaba llegando a esquina infernal María apareció con los ojos muy abiertos.

-Vas a flipar…

-¿Qué pasó?

-Oye, Pablín…¿Cuándo ye Santa Bárbara? –respondió ella.

El chaval se lo pensó.

-El 4 de diciembre, la semana que viene, ¿por?

-Pues a mi acaba de aparecérseme ahora mismo la virgen…. Mira..

Pablo la siguió temeroso pero, a la vez, asombrado de la valentía de María. ¿Ya no tenía miedo de entrar en LA PARTE DE ATRÁS? Se ve que no. Miró para su amiga y la vio señalando la pared.

-¿Lo ves?

-¿El qué?

-Coño… ¡La Virgen!

-Yo solo veo una mancha en la pared..

-Ye Santa Bárbara, Pablín… ¿No la ves en serio?

-Nun sé qué decite…¿Cómo sabes que ye Santa Bárbara?

-Pues porque ye la patrona de los mineros, Pablín, por qué va a ser… ¿Nun se nos a a aparecer Santa Rita?

-También ye verdad. ¿Y de qué ye patrona Santa Rita?

-Te pierdes en los detalles, Pablín. Y así fue cómo, la temida PARTE DE ATRÁS pasó a ser considerada un lugar de culto donde los jóvenes que no habían estudiado iban a encomendarse a la santa para que no tronase mucho y el examen fuera fácil.  El altar fue idea de María y Pablo que, eso sí, aprovechando la cercana fiesta de Santa Bárbara, consideraron oportuno cobrar entrada para ver la aparición. Cinco pesetas por solo mirar y cinco duros si se le pedía algo a la santa obligándoles a recitar:  “Santa Bárbara, Santa Bárbara haz que apruebe esta enseñanza”. No era muy buena rima, pero la recaudación les dio para comprar dos balones más de reglamento.

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