Cuencalendario: Agosto, el Descenso

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No tien perdida, ye la última parada del tren. –así les había explicado Diego a los guajes de la barriada cómo llegar a Pola de Laviana. Como si ellos no supieran ya dónde estaba La Pola. Pero bueno, el caso es que era la primera vez que Pablo y María, subían, solos, al Descenso Folclórico de Laviana y su amigo Diego estaba tan emocionado como ellos. En realidad no iban solos, lo que iba era sin madres que, no sin alguna que otra mueca de desaprobación, les habían dado finalmente el visto bueno. Diego, el roxu, convenció a la mayoría de los chavales de la barriada de que subieran al Descenso y les había dado indicaciones exactas de cómo tenían que ir vestidos para adecuarse a la carroza/embarcación de su pueblo, que era nada más y nada menos que Tolivia. “De donde son Los Berrones”, una coletilla que el propio Diego añadía cada vez que lo mencionaba.

-En el mi pueblu, Tolivia, de donde son Los Berrones, vamos dir de trogloditas al Descenso así que lo único que necesitáis ye llevar los pelos enguedeyaos y unos disfraces de cuero así asemeyando a los picapiedra. Ya sabéis. Tenéis que tar en la Pola a les tres de la tarde, ni un minutu más, ni un minutu menos. Vos estaré esperando en la estación.

Y así los había dejado Diego a mediados de julio, antes de marchar  para Tolivia “dedondesonlosBerrones”. Ni una llamada de teléfono ni una carta más en semanas. Solo un mensaje que, a mediados de agosto, les  llegó por Paloma, la hermana de Diego, que volvía a la barriada para ponerse a estudiar las que le habían quedado para septiembre.

María, Pablo y los pocos chavales que quedaban en la zona, sin pueblo de veraneo ni campamento de Hunosa ni ganas de nada, vieron a Paloma bajarse del coche de su padre  y enfocarlos con decisión. Sentados en el suelo de la plazoleta donde, simplemente, miraban al cielo, levantaron la vista cuando les interpeló:

-Que diz Diego que os acordéis que el Descenso ye el día 25 y que ….

Una voz interrumpió a Paloma.

-Palooooooma. ¡Venga para casa! Que ya se te acabó el chollo. ¡A estudiar!

-Jo tío, papá, déjame vivir… -suspiró la guaja dándose la vuelta sin acabar la frase.

Los chavales se miraron entre ellos.  Quedaban exactamente ocho días para el Descenso Folclórico y no habían preparado nada. De repente, tenían algo que hacer y eso les animó.  Revolvieron los desvanes, los talleres, los trasteros y los almacenes de toda la barriada e incluso le pidieron a Cisco, el güelu de Pablo, que los ayudara  a coser el cuero, que no era tarea fácil. Y así en un suspiro, trasteando, pasó la semana. La madre de María la ayudó a cardarse el pelo. Gastó un bote de laca Nelly para conseguir un poco del enguedeyamiento requerido y los acompañó al tren.

-Compórtate, hija, por favor te lo pido, eh.

-Que síiii, mamá… –había respondido subiéndose al vagón con otros diez trogloditas a cada cual más neolítico.

Y a las tres menos cinco, con una puntualidad asombrosa, el tren hizo parada en la Pola. Todos esperaban que Diego cumpliera su palabra y los fuera a buscar porque en los aledaños de la estación se veía tal barullo que encontrar a los del pueblo “dedonsonlosBerrones” entre aquel jaleo iba a ser complicado.

Sí. Diego estaba. Vestido con unos pantalones de campana, una camisa de flores y una cinta en el pelo. Puso los ojos en blanco al verlos:

-¿Paloma nun vos dijo que al final los de Tolivia díbemos de jipis? Así nun podéis dir con nosotros, que nun ganamos. Nun pintáis nada.

Un chaval que taba junto a Diego, mayor que ellos, y también vestido de hippie (de hecho parecía el jefe de los hippies) los miró de arriba abajo:

-Nun pasa nada… ¡El casu ye dirdespelurciau! ¡Venga que vamos tarde! –gritó animándolos a sumarse a la comitiva folclórica.

Esiañu ganó la sopera Villoria, pero a todo el mundo le hizo mucha gracia la carroza de Tolivia. En un cartel decía: “El antes y el después de Woodstock”.

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